El torso masculino en escena, Por Devanir Da Silva C.

01.01.2017 10:00

El uso del cuerpo femenino por parte de ciertos varones ha estado, últimamente, como tema de debate en las redes sociales, a propósito de este episodio de AXESMA. Es muy cierto y legitimado la crítica por cuanto es una vulgaridad y denigración del cuerpo femenino, porque no solo es una muñeca inflable sino que esa burda representación de lo femenino está además tapado la boca, negándole así – simbólicamente – el derecho a hablar.

 

El presidente de AXESMA se disculpa y argumento que “cuando regalamos un indio pícaro nadie dijo nada.” Este es un punto que rápidamente se deshizo pero también pondría en posibilidad de debate sobre qué, o desde donde, el cuerpo masculino, o partes de esta, puede ser denigrado. Dado el cuerpo masculino es un símbolo de privilegio y prestigio resulta, entonces, difícilmente concebido como elemento de negación o de menos valor social. Entonces, la denigración no lo estamos pensando solamente desde la feminización del cuerpo masculino sino preguntándonos el modo en que podría ese cuerpo masculino ser re-significado para ser puesto en un lugar subalterno.

 

Entonces, más que seguir argumentando que hay una afectación superlativa del cuerpo femenino también nos queremos preguntar sobre la pregunta: ¿Qué sería necesario para que los varones nos sintiéramos ofendidos, con (ab)uso del cuerpo masculino? Ciertamente, una respuesta es que el actual modelo de sociedad, como en tantos otros momentos de la historia, es patriarcal y por tanto (ab)usa del cuerpo femenino en tanto este es, en el marco simbólico del mismo, concebido – en tanto símbolo negativo - como una mercancía y un objeto de intercambio, fundamentalmente, entre hombres.

 

Entonces, por el otro lado, el cuerpo masculino, incluyendo sus partes íntimas, son signos de estatus y no son objetivados (u objetivables), socialmente hablando, como elementos negativos. Dado el carácter del patriarcado el cuerpo masculino, al menos sus partes íntimas o representaciones de esta, no son desplegadas en la escena social (espacio público) porque ese es un espacio de observación de sujetos masculinos (suponiéndose, erróneamente por cierto, heterosexual, blanco, proveedor etc.) y en esa escena social el cuerpo masculino queda expuesto al ojo masculino, y eso sería – en ojos del patriarcado – homosexualidad, contraviniendo parte de su fundamento.

 

El torso masculino los vemos cotidianamente pero también en momentos especiales, y eso genera debate situados que tensiones sociales sobre el desnudo masculino. Por ejemplo, el chico que anduvo con el torso desnudo en la marcha del 25 de noviembre y que generó debate sobre, no explícitamente, sobre el dónde y cómo del desnudo (parcial) masculino. Ciertamente podríamos discutir el papel político del cuerpo masculino en el feminismo pero nuestro tema aquí apunta más bien a politizar el cuerpo masculino no ideal en situaciones cotidianas sin por eso privilegiar lo masculino sino develar la diversidad de expresiones y  divergencias internas de lo/s masculino/s. No todos los torsos masculinos son iguales, sino que se muestra una diversidad bastante heterogénea de torsos, y eso delata varios elementos más. El nudo que queremos poner aquí no tiene que ver con el objeto propuesto ser observado (el torso masculino) no es sino el observador/a del mismo. Entonces, el problema no es qué se observa sino quién observa. ¿Qué pasa ahí? ¿Cómo lo interpretamos? La acción del Otro/a está condicionado por la observación, y las consecuencias de esta, e interrelación con lo social, y las expectativas que trae el/la observador/a.

 

Ciertamente, como en lo gastronómico, es un tema de gustos, y los torsos no se escapan a esa realidad. Todos venimos formateados con una estética de lo masculino sobre lo cual emitimos nuestro juicio y valor respecto al torso. El torso masculino viene con la exigencia dionisiaca y cualquiera que se salga de ese patrón es un desviado. El torso tipo Alexis Sánchez, Cristiano Ronaldo etc., no son rechazados sino deseados. El torso masculino dionisiaco es un cuerpo concebido como una máquina, y esa noción de maquina tiene, tal como lo plantea David Le Breton, relación con la modernidad. Pero siendo que estamos en la posmodernidad este cuerpo de maquina más bien está presente en la medida que es un cuerpo estético, o sea agradable para el observador.

 

 

¿Qué sucede con los observadores/as cuando tenemos un cuerpo enfrente que no sigue esos patrones de belleza masculina, además vestidos con prendas poco usuales en Chile?  Ha habido varios ejemplos, en la publicidad, de tal hecho. El tema es, más allá de la aparición del mismo, que el torso masculino tiene, en el imaginario chilensis, una significación determinada. Y, en este sentido, puede ser que el motivo de que el torso masculino y la zunga se conjuga con la idea del “guatón simpático”.

 

 

El torso “no esculpido”, tipo adonis, es socialmente un cuerpo menos deseable, por lo menos desde lo normativo. Las expectativas del cuerpo masculino, usando zunga, tiene que ver con que ciertas expectativas sociales entorno al cuerpo masculino. El torso masculino tiene que estar esculpido y tonificado porque ese es el cuerpo masculino deseable, a los ojos del observador/a, y la zunga entra configurar, como un elemento más, ese cuadro de lo masculino. Ciertamente, ese acto expone al cuerpo masculino al ojo masculino, y por tanto bajo el escrutinio de lo homoerótico y eso el patriarcado queda medio en “default” porque esa relación queda reducido a “lo gay”. Y sabemos, por la información vertida en este mismo sitio que tal relación, hecha desde lo social, está totalmente condicionada por quienes observan el uso (interpretaciones condicionadas desde un lugar social específico, reducido a lo sexual) de la zunga solamente como una acción de “lo gay” cuando en realidad hay muchos otros factores condicionando su uso.

 

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